viernes, 27 de junio de 2014

Bélgica 2012: Gante

Bueno, pues aquí estoy, tomándome el blog con calma (demasiada tal vez). Sin publicar desde septiembre, con dos relatos abiertos (Toledo y Bélgica) y uno pendiente (USA y Canadá). Pero bueno, hoy me he animado a escribir y eso es lo que cuenta, a ver si no pierdo la costumbre otra vez.

Hoy toca hablar sobre Gante (o Gent en neerlandés y Gand en francés), la tercera de las ciudades que visitamos en nuestro viaje a Bélgica de 2012. Habíamos pasado la mañana en Brujas y después de comer partimos hacia Gante. Esta ciudad se encuentra entre Brujas y Bruselas, a medio camino y en la misma vía, así que con toda la tarde por delante decidimos parar allí, verla y luego regresar a la capital a dormir. Es una forma de ahorrarse un billete de tren y aprovechar el tiempo, aunque cierto es que al llegar por la tarde nos encontramos algunas cosas cerradas (catedral, por ejemplo), pero pudimos entrar al castillo, que la verdad es que era prioridad.


Es importante saber que si se llega en tren a Gante, la estación está en el quinto pino con respecto a la zona interesante del casco antiguo, casi a tres kilómetros. A la puerta de la estación hay una parada de tranvías, donde parece que confluyen todos los tranvías de la ciudad. Algunos van al centro y otros a otras zonas. Había un mapa con recorridos, códigos de colores (dos, rojo y verde) y esas cosas, pero estaba todo en neerlandés y no sabíamos qué tranvía debíamos coger para ir al centro. Además, nadie hablaba inglés ni español ni nada, solo flamenco o francés, así que no nos entendíamos con nadie (y tampoco es que la gente se brindara mucho a ayudar). También nos pilló el horario de salida de los colegios y era un caos todo, porque además los escolares tienen preferencia a la hora de subir al transporte y, si éste se llena, hay que esperar al siguiente. Se puede decir que Gante nos recibió de una forma algo hostil. Sabíamos de antemano que tendríamos que coger un tranvía si no queríamos darnos una caminata innecesaria, pero no esperábamos que fuese tan complicado.

La cuestión es que al final, por ofuscación, cogimos el primer tren que pillamos, con la esperanza de que nos dejara en el centro o cerca de éste. Pero no, nos llevó al extrarradio más alejado y marginal de la ciudad, así que tuvimos que bajar, comprar otro billete (y la máquina no nos devolvió el cambio porque resulta que no lo hacen) y volver a la estación, donde continuaba el caos de tranvías. Así pues, decidimos ir caminando hasta el centro, cansados de pelearnos con los carteles de los trenes y no encontrar una solución. Fueron casi tres kilómetros, como decía, y todo cuesta arriba, lo que nos llevó una media hora. Se ve que estábamos torpes ese día o que el idioma no se parece a nada conocido. Tampoco había horarios ni rutas en Internet ni por allí. Un horror. La cuestión es que perdimos bastante tiempo al equivocarnos de tren y luego ir andando y, visto así, podríamos haberlo hecho desde un principio, pero así se desarrollaron los hechos y no hay más. Los viajes son eso, aventuras, anécdotas y momentos imprevisibles y, la verdad, es que esta aventura nos dio por reírnos.

Cuando llegamos por fin al centro, lo primero que vimos fue la catedral, el belfolt y el stadhuis (ayuntamiento), todo por fuera porque ya estaba cerrado. Me habría gustado subir al belfort, aunque había subido al de Brujas por la mañana, pero tengo debilidad por los sitios altos y las vistas panorámicas. También me quedé con las ganas de ver la Adoración del Cordero Místico, que fue pintado por los hermanos van Eyck allá por el siglo XV y se encuentra en la Catedral de San Bavón, pero otra vez será.




Como el castillo sí estaba abierto y faltaban unas dos horas para que cerrasen, allá que fuimos, atravesando las míticas calles Graslei y Korenlei, que fueron los principales muelles del viejo puerto de Gante y en época medieval contaron con gran actividad comercial. Graslei significa "calle de las hierbas y hortalizas", y Korenlei "calle del trigo"; ambos nombres indican que estos productos son los que se almacenaban y con los que se comerciaba en la época. En esta zona podemos observar una hilera de preciosas casas gremiales, restauradas y reconstruidas, que existen desde el siglo XV.



 



Y al final de estas calles se encuentra el Castillo de los Condes o Het Gravensteen. La entrada normal cuesta 8 euros a día de hoy, pero nosotros lo pagamos encantados. Este castillo se construyó en época medieval en medio del río Lys y hoy está integrado en el casco urbano.


Como veis, se encuentra en un magnífico estado de conservación. Se pueden visitar las diferentes salas, las murallas, la torre del homenaje y la residencia condal. En todas las salas se encuentra un museo, en donde se expone la historia de la vida carcelaria en aquel entonces y cuenta con una gran colección de armas e instrumentos de tortura más dolorosos de todos los tiempos. 











Personalmente, me encantó el castillo (soy una enamorada de lo medieval) y creo que no hay que perdérselo si se visita Gante. Además, si se disfruta y se visita todo da para un buen rato, para una hora más o menos.

Visto el castillo y con todo ya cerrado o cerrando, no nos quedaba más por hacer en Gante, así que decidimos volver a Bruselas. Para el regreso a la estación de tren lo tuvimos más fácil, ya que todos los tranvías que pasan por el centro llevan allí (el lío es por los que salen de la estación, que es donde va a parar todo). Cogimos un tranvía, el correcto esta vez, y en unos cinco minutos ya estábamos en la estación de tren, prestos a regresar a la capital belga a hacer noche. Al día siguiente nos esperaba nuestra última excursión en Bélgica, con la que probablemente acabaré esta serie de relatos: Amberes.

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